El Nuevo Internacionalismo – Seoane y Taddei

En noviembre de 1999 la “Batalla de Seattle” contra la tercera reunión ministerial
de la Organización Mundial de Comercio (OMC, bautizada “Ronda del
Milenio”) marcó el “acta fundacional” del movimiento altermundialista. Hoy,
una década después de su “bautismo de fuego” en la escena internacional, este
movimiento enfrenta la salida impulsada por los poderes sistémicos a la actual
crisis capitalista que amenaza con profundizar los efectos y tendencias confrontados
diez años atrás.
Asistimos, en la esfera político-institucional, a una tentativa de relegitimación
del actual patrón de poder mundial (Quijano, 2000), que encuentra en la
creación del G-20 su iniciativa más publicitada. De esta manera, se pretende
ampliar la base de legitimidad y “gobernabilidad” del sistema mundo capitalista
mediante la incorporación subordinada de las élites económicas y políticas
de algunos países de la llamada “periferia” al otrora selecto club de las ocho
potencias económicas, que por cierto no se ha extinguido. Este promocionado
nacimiento del G-20 persigue limitar los efectos del cuestionamiento antisistémico
al carácter profundamente antidemocrático del régimen de gobierno mundial,
denunciado por los movimientos del Sur Global (Bello, 2007).
En el terreno económico las tentativas por recomponer la legitimidad de los
mercados financieros se materializaron primero en la realización de rescates
millonarios de bancos y de muchas empresas transnacionales, sin que esto haya
evitado el despido de millones de trabajadoras y trabajadores en todo el mundo.
Se invoca ahora en los discursos oficiales la promoción de una “nueva era de
desarrollo” y de prosperidad económica mundial, cuyos supuestos beneficios
permitirían mitigar definitivamente los padecimientos sociales amplificados
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El nuevo internacionalismo
y los desafíos de los movimientos
populares latinoamericanos frente
a la crisis capitalista
José Seoane y Emilio Taddei
4. El movimiento “antiglobalización”, Seattle+10
por la actual crisis. Sin embargo, esta respuesta supondrá la agudización de tres
tendencias ya presentes: la profundización de los esquemas de recolonización
asociados a la explotación de los bienes comunes de la naturaleza, la agudización
de las prácticas de “acumulación por desposesión” (Harvey, 2004) y la
creciente difusión de los procesos de militarización a escala planetaria orientados
a controlar y reprimir los procesos de resistencia social contra los efectos
socioambientales y laborales generados por la crisis capitalista. La potencial
agudización de estas tendencias acentuará el carácter antidemocrático y represivo
que ya asume la globalización liberal en distintos países. Ello constituye
un nuevo y significativo desafío para el movimiento altermundialista, así como
para las organizaciones y experiencias populares y antisistémicas en general y
el conjunto de la humanidad.
El balance de las resistencias que a lo largo de la última década nutrieron la
experimentación de este “nuevo internacionalismo” resulta así de gran importancia
para la formulación colectiva de los nuevos horizontes estratégicos y de
alternativas civilizatorias al capitalismo. Ello nos convoca a comprender las
características de los movimientos sociales de raigambre popular de América
Latina y el Caribe surgidos en los procesos de resistencia sociopolítica al neoliberalismo
desde mediados de los 90 y a puntualizar la decisiva contribución
de estas experiencias en la breve pero intensa historia del movimiento altermundialista.
Siendo además que, desde inicios del nuevo milenio, el peso de las
experiencias latinoamericanas colocó a nuestra región en el centro del debate y
la construcción de alternativas al neoliberalismo a nivel internacional.
Este artículo presenta un balance de las principales contribuciones de los
movimientos sociales latinoamericanas a la construcción de este “nuevo internacionalismo”,
que deben entenderse como el resultado de un complejo proceso
de acumulación de fuerzas socio-políticas forjado en la confrontación contra
las políticas neoliberales. Referiremos asimismo algunos de los cambios y
transformaciones sociopolíticas que atraviesan la región con el objetivo de
comprender los desafíos y dificultades que enfrentan los procesos de articulación
regional. El interrogante sobre cómo superar los impasses que signan hoy
a estas experiencias, que muy lejos están de significar su eclipse, plantea responder
simultáneamente sobre los desafíos que trazan los efectos de la crisis
sobre los sectores populares latinoamericanos. Su impacto se combina con las
tentativas desplegadas por el gobierno de Barack Obama de relegitimar las
políticas de liberalización comercial y de control militar que evidencia, más allá
de las intenciones enunciadas, la voluntad estadounidenses de profundizar su
dominación imperial sobre la región.
De las resistencias a la crisis de legitimidad del neoliberalismo
en América Latina. La apertura del nuevo milenio en América Latina estuvo
marcada por un sostenido proceso de movilización popular que cuestionó
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profundamente las políticas neoliberales, agudizadas hacia fines de siglo tras
las sucesivas crisis financieras. Este proceso había comenzado a despuntar promediando
la década de los 90 con el levantamiento zapatista en Chiapas en
1994, que resultó emblemático de este nuevo ciclo, y se expresó ya desde
entonces en un sostenido incremento del conflicto y las protestas protagonizados
por nuevas organizaciones y movimientos sociales.
Con la llegada del nuevo siglo este proceso de resistencias sociales al neoliberalismo
habrá de transformarse en un creciente y más amplio cuestionamiento
de la legitimidad del régimen en su conjunto /1. De esta manera comenzará
a nivel regional un nuevo período que podemos llamar como el de la crisis de
legitimidad del modelo neoliberal, que presentó dos rasgos distintivos. Por un
lado la difusión de levantamientos sociales e insurrecciones urbanas que, particularmente
intensos en el área andina, desencadenaron crisis políticas que forzaron
la renuncia de presidentes, la caída de gobiernos y la apertura de transiciones
políticas /2. Esta crisis de legitimidad se expresó asimismo en la aparición
y conformación de mayorías electorales críticas a sus políticas, que rompían
en el terreno electoral la hegemonía ganada por el neoliberalismo en la
década de los 90 y darían el triunfo a candidatos y coaliciones políticas caracterizados
por una discursividad electoral condenatoria de las políticas aplicadas
durante dicha década. Aunque, como señalaremos más adelante, estos procesos
de cambios socio-políticos tuvieron sentidos y destinos muy distintos.
Los “nuevos” movimientos que protagonizaron el ciclo de resistencias sociales
al neoliberalismo y cuyas acciones resultaron decisivas en la crisis de legitimidad
que agrietaron los cimientos de la ciudadela neoliberal, se constituyeron
con capacidad de articulación y peso nacional en un recorrido que iba de
las periferias de los grandes latifundios y urbes a los centros del poder político
y económico. Desposeídos o amenazados por la expropiación de sus tierras, trabajo
y condiciones de vida, muchas de estas organizaciones se constituían en la
identificación política de su desposesión (los sin tierra, sin trabajo, sin techo),
de las condiciones sobre las que se erigía la opresión (los pueblos originarios)
o de la lógica comunitaria de vida amenazada (los movimientos de pobladores,
las asambleas ciudadanas). En el ciclo de resistencia al neoliberalismo se entrecruzaban
y a veces convergían con otros sujetos urbanos donde también nue-
1/ En esta dirección puede considerarse la magnitud e importancia que cobran las movilizaciones y conflictos
sociales en el año 2000 donde se concentran aquellas que precipitarán la caída de los gobiernos de Ecuador y Perú
así como la llamada “Guerra del agua” en Cochabamba, Bolivia, que marcará el inicio de un ciclo de protestas en
este país andino. Como antecedente de estos procesos, a nivel electoral, vale recordar la primera elección de Hugo
Chavéz como presidente de Venezuela a fines de 1998.
2/ El fracasado intento de golpe de Estado en Venezuela en abril de 2002, abortado por la amplitud e intensidad
de la movilización popular, y la llamada “Caravana de la Dignidad Indígena” en México en 2001 en reclamo del
cumplimiento de los acuerdos de San Andrés y de la aprobación de una ley indígena en base a las demandas formuladas
por el movimiento zapatista, finalmente desoído por el Parlamento, constituyen también dos hechos significativos
del período de crisis de legitimidad del neoliberalismo.
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vos procesos de organización tenían lugar, los trabajadores –especialmente los
del sector público y los precarizados–, los estudiantes y jóvenes, los sectores
medios empobrecidos (Seoane, 2008).
En relación a algunas características que permiten conceptualizar la “novedad”
de estos movimientos hemos subrayado en oportunidades anteriores tres
aspectos distintivos que, claro está, no agotan la riqueza de sus características
(Seoane, Taddei, Algranati, 2006). Los procesos de “territorialización social” y
la revalorización y reinvención de la cuestión democrática aparecen como dos
particularidades de estas experiencias cuyo tratamiento pormenorizado excede
los límites de este artículo. Es importante sin embargo señalar que en relación a
las mismas los movimientos sociales habrán de plantear una renovación profunda
de la noción de la autonomía y del debate sobre la naturaleza del poder y el
papel del Estado en el camino de la transformación y la emancipación social.
Una tercera característica, vinculada a la problemática específica de este artículo,
ha sido la emergencia de coordinaciones en el plano regional o internacional
entre distintos movimientos y organizaciones nacionales en lo que ha sido
llamado a nivel mundial el “movimiento altermundialista”. Estas experiencias
que tiñeron de manera profunda y singular la práctica de los movimientos sociales
fueron consideradas como el surgimiento de un “nuevo internacionalismo”
en función de las novedades que introducían en la recuperación de pasadas tradiciones
de solidaridad y articulación socio-política a nivel mundial y que habían
cristalizado, entre otras, en la historia de las Internacionales. En relación a
ello, el internacionalismo actual se revelaba nuevo por el carácter eminentemente
social de los actores involucrados (aunque no desligado, por si hiciera falta la
aclaración, de inscripciones ideológico-políticas), por su heterogeneidad y
amplitud que abarcaba desde organizaciones sindicales a movimientos campesinos,
por la extensión geográfica que alcanzaban las convergencias; y por las formas
organizativas y las características que asumieron estas articulaciones que
priorizaban la coordinación de acciones y campañas (Seoane y Taddei, 2001).
Un breve recorrido por su genealogía nos conduciría desde las protestas contra
el Acuerdo Multilateral de Inversiones en 1997 y 1998, la citada “batalla de
Seattle”(1999), la creación y profundización de la experiencia del Foro Social
Mundial (desde el 2001); las “jornadas globales” contra la intervención militar
en Irak (2003); y el surgimiento y desarrollo de las campañas contra el libre
comercio y la guerra que tuvieron su capítulo americano más significativo en
la oposición al proyecto estadounidense del ALCA(Área de Libre Comercio de
las Américas) y a los tratados comerciales con EEUU. La temprana presencia
y participación de movimientos y organizaciones populares latinoamericanas
en estos complejos y heterogéneos procesos de articulación política, atravesados
de pulsiones anticapitalistas, constituyen un rasgo distintivo de esta experiencia
que sin duda fue uno de los hechos políticos más importantes en el escenario
internacional de inicios del siglo XXI.
VIENTO SUR Número 107/Diciembre 2009 67
Contribuciones latinoamericanas a la experiencia del nuevo
internacionalismo. A lo largo del pasado siglo XX los procesos de solidaridad
regional encontraron un fértil terreno en la vasta geografía latinoamericana.
Las campañas de defensa y apoyo a la revolución cubana y contra el bloqueo
estadounidense; en repudio a las dictaduras militares conosureñas y en
pos de la revolución nicaragüense son, en el período de posguerra, algunos de
los ejemplos más salientes de esta amplia tradición. Ésta supo también proyectarse
a escala internacional en diferentes iniciativas revolucionarias y populares
que se nutrieron de los procesos y luchas emancipatorias y antiimperialistas
de los pueblos latinoamericanos.
En estrecha relación con esta tradición, la intensa experimentación altermundialista
de la última década encuentra un antecedente a nivel regional, en la realización
del Primer Encuentro Intercontinental por la Humanidad y contra el
Neoliberalismo celebrado en 1996 en Chiapas bajo la convocatoria del zapatismo,
expresión de la gravitación que habría de ganar los movimientos indígenas
en el nuevo ciclo de luchas latinoamericano.
El nacimiento y posterior desarrollo del Foro Social Mundial (FSM) en la
ciudad brasileña de Porto Alegre en 2001 fue también resultado de la impronta
latinoamericana que marcó, a lo largo de sus nueve ediciones, la experiencia de
este “parlamento de los pueblos”. La participación de movimientos y organizaciones
de Nuestra América –en especial del Brasil– en la promoción y expansión
del FSM fue desde sus inicios particularmente significativa en las sucesivas
ediciones mundiales, regionales y temáticas. En relación a estas dos últimas
cabe destacar, entre otras, la realización en tres oportunidades del Foro Social
Américas (Quito, 2004; Caracas, 2006; Guatemala, 2008); del Foro Social
Mesoamericano, cuya séptima edición tuvo lugar en 2008 en Managua,
Nicaragua; del Foro Social Panamazónico en sus siete ediciones realizadas
entre 2002 y 2009 y de las tres ediciones del Foro Social de la Triple Frontera
(Puerto Iguazú, Argentina, 2004; Ciudad del Este, Paraguay, 2006; Foz do
Iguaçu, Brasil, 2008). La realización del Foro Social Ecológico Mundial, en
Cochabamba, Bolivia en 2008 habrá de coincidir y potenciar las Jornadas de
movilización continental contra el golpe autonómico en Bolivia signado por la
masacre de Pando.
Por otra parte, la activa participación y presencia de los movimientos sociales
latinoamericanos en las Asambleas de los Movimientos Sociales del Foro,
en particular del Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST) y
de la Vía Campesina, contribuyó a nutrir las iniciativas altermundialistas con
las experiencias de “reinvención democrática” (De Sousa Santos, 2002) características
de muchas de las resistencias populares de América Latina y el
Caribe.
A lo largo de la última década, las articulaciones regionales estuvieron particularmente
orientadas a confrontar con los llamados acuerdos sobre liberaliza-
ción comercial y especialmente las sucesivas iniciativas norteamericanas de
subsumir a los países de la región bajo un área de libre comercio de las
Américas (ALCA). Estos procesos de resistencia, que supusieron tanto la constitución
de espacios de coordinación a nivel regional (que agrupan a un amplio
arco de movimientos, organizaciones sociales y ONGs) como el surgimiento de
similares experiencias de convergencia a nivel nacional (por ejemplo las campañas
nacionales contra el ALCA y luego contra los TLCs en Centroamérica,
Colombia y Perú) resultaron, en el marco continental, expresión y prolongación
del movimiento altermundialista.
En el período histórico que nos ocupa, reconocemos tres momentos particulares
de los procesos de convergencia y articulación de las luchas. Un primer
período que se extiende entre 1996 y 2001 y que corresponde al lento proceso
de rearticulación de las solidaridades regionales y su proyección internacional
a partir de la intensificación de las resistencias populares contra el neoliberalismo.
El referido nacimiento del Foro Social Mundial se inscribe en la temporalidad
de este período durante el cual habrán de madurar los debates en torno a
la centralidad que asume el proyecto imperial del ALCA en la consolidación de
los procesos de liberalización comercial y mercantilización de la vida. Este
ciclo corresponde también al nacimiento y al desarrollo de las articulaciones y
convergencias continentales contra estos proyectos de liberalización comercial.
En este primer ciclo, la experiencia regional se remonta a las protestas frente al
(1994) Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA, por sus
siglas en inglés), la creación de la Alianza Social Continental (1997) y la organización
de las dos primeras Cumbres de los Pueblos de las Américas (1998 y
2001) en oposición a las cumbres de los presidentes de los países que participaron
en las negociaciones del ALCA.
El avance de las negociaciones gubernamentales en pos de la concreción del
ALCA por un lado y la consecuente intensificación de las resistencias populares
a este proyecto por otro, resultarán las características más distintivas del
segundo período (2002-2005) que se cerrará con la derrota del ALCA y la creciente
crisis de legitimidad de los proyectos hegemónicos de integración
comercial. Durante estos años el movimiento desplegó una renovada capacidad
de intervención política que se materializó en la organización entre 2002 y 2005
de los cuatro primeros Encuentros Hemisféricos contra el ALCA, en las campañas
nacionales contra el ALCAy, en la región Mesoamericana, en la creación
y desarrollo de los citados foros sociales mesoamericanos y del Bloque Popular
Centroamericano. La realización de la multitudinaria Cumbre de los Pueblos de
las Américas realizada en 2005 en Mar del Plata, Argentina, simbolizará, gracias
a la acción directa y a la capacidad de incidencia de los movimientos sociales
y a la presión político-diplomática de algunos gobiernos sudamericanos, la
derrota definitiva de la iniciativa estadounidense del ALCA promovida por el
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VIENTO SUR Número 107/Diciembre 2009 69
gobierno Bush. La previa materialización en 2004 del TLC entre Chile y
Estados Unidos constituirá durante este período un antecedente de las nuevas
iniciativas imperiales promovidas en el período siguiente.
El fracaso de esta iniciativa marcará el inicio de un nuevo y complejo período
en el cual habrán de reconfigurarse y profundizarse algunas de las tendencias
referidas. En relación a esto pueden señalarse cuatro cuestiones que condicionaron
los escenarios políticos nacionales y los procesos de integración
regional. Su entendimiento remite tanto a las tentativas desplegadas por
Estados Unidos y las élites económicas en aras de la recomposición y relegitimación
del orden neoliberal, como al efecto de los procesos de transformaciones
políticas referidos anteriormente, su impacto en la reconfiguración de proyectos
de integración regional y las estrategias de los movimientos frente a
estas nuevas realidades.
En ese sentido, es importante desatacar en primer lugar que luego de la derrota
del ALCA la estrategia imperial de promoción de libre comercio habrá de
resignificarse en la promoción de los TLCs bi o plurilaterales, como signo
característico de la política diplomático-comercial del gobierno Bush en los
últimos años de su mandato. En el caso de la región andina esta estrategia
implicó la negociación y conclusión de dichos acuerdos con Perú (2005) y
Colombia (2006); siendo que sólo el primero obtuvo la ratificación parlamentaria
estadounidense (2007) y consecuentemente ha entrado en vigencia (2009).
Pero, por su dimensión regional y política la negociación y posterior puesta en
marcha del TLC entre Centroamérica y Estados Unidos constituirá el logro más
importante de la estrategia desplegada por la potencia del norte. El complejo
proceso de negociaciones iniciado en 2003 y la posterior materialización del
mismo a partir de 2006 estuvo sin embargo atravesado por un intenso proceso
de resistencia social en la región que, si bien no logró impedir esta iniciativa,
sirvió a interpelar la legitimidad de la misma desde antes de su puesta en funcionamiento.
El ajustado resultado del referéndum costarricense de 2007 en
favor del CAFTA es el caso más emblemático de la fuerza conquistada por las
campañas regionales. Estas campañas, que también se articularon en torno a la
denuncia de los esquemas hegemónicos de control territorial y militarización
promovidos por Estados Unidos, contribuyeron también a denunciar y a deslegitimar
la propuesta del Plan Puebla Panamá, y de su reformulación más reciente
encarnada en la Iniciativa Mérida.
Un segundo elemento que caracterizará el nuevo escenario regional es la profundización
de un diagrama sociopolítico tendiente a la militarización de las
relaciones sociales en un proceso que ha sido bautizado como “neoliberalismo
armado” o “de guerra” (González Casanova, 2002). El mismo refiere no sólo a
las prerrogativas de intervención militar esgrimidas por el presidente Bush
luego del 11/9 sino también a la difusión de una política crecientemente repre-
siva que, a través de diferentes instrumentos,
persigue particularmente la penalización de la
protesta social y la criminalización de los sectores
pauperizados y más castigados por las
políticas neoliberales. La implementación de
este diagrama represivo habrá de encontrar
durante este período sus experiencias más consolidadas
en aquellos países que convinieron
acuerdos de libre comercio con EE UU (en
especial en Colombia, donde el gobierno de
Uribe intensificó la política de “seguridad
democrática” y en México bajo el gobierno de
Felipe Calderón). En respuesta a ello las campañas
de resistencia enfatizaron en sus acciones
y propuestas la denuncia del vínculo existente
entre la promoción del “libre comercio” y los
esquemas de militarización y criminalización de la protesta social en la región.
Ainiciativa de la Convergencia de Movimientos de los Pueblos de las Américas
(COMPA), el Grito de los Excluidos y Jubileo Sur entre otras organizaciones se
organizarán a partir de 2003 y durante este período diversos Encuentros
Hemisféricos contra la Militarización que articularán una campaña continental
contra la bases militares estadounidenses en América Latina y el Caribe.
Las resistencias a estos procesos y los cambios sociopolíticos a nivel nacional
aceleraron durante los últimos años la reconfiguración de los acuerdos
regionales y el surgimiento de proyectos de integración alternativa. Estos procesos
constituyen la tercera característica de la etapa abierta tras la crisis del
ALCA y encontraron en la creación (2004) y posterior impulso de la
Alternativa Boliviariana para las Américas (ALBA), la Unión Sudamericana de
Naciones (UNASUR, 2008) y del Banco del Sur (2009) sus expresiones más
importantes. En relación a la primera de estas experiencias merece destacarse
que el ALBA (rebautizado recientemente como Alianza Bolivariana para los
Pueblos de Nuestra América) que agrupa actualmente a nueve países será concebido,
inspirado en la experiencia de los movimientos sociales en la lucha contra
el libre comercio, bajo los principios de solidaridad, complementación y
cooperación en aras de la erradicación de la pobreza y las desigualdades sociales,
la promoción del “desarrollo endógeno nacional” y los derechos sociales.
La maduración de este proceso conocerá a inicios de 2009 un nuevo impulso
con el lanzamiento de una convocatoria a una coordinación amplia de movimientos
sociales latinoamericanos realizado en el marco del FSM de Belém.
Promovida por el Movimiento Sin Tierra y el capítulo regional de la Marcha
Mundial de Mujeres entre otras organizaciones, la declaración que promueve el
“ALBA de los Movimientos” enuncia los principios de un proyecto de vida de
70 VIENTO SUR Número 107/Diciembre 2009
“Estas experiencias
el cuestionamiento
a la matriz
liberal-colonial
del Estado-nación
ha sido alimentado
por la fuerza
adquirida por
los movimientos
indígenas”
los pueblos frente al proyecto del imperialismo y asume la necesidad de fortalecer
la construcción de ALBA “desde abajo” con el objetivo de potenciar este
proceso.
Las tentativas de recuperar la cuestionada legitimidad estatal constituye un cuarto
elemento característico del período. Dos cuestiones confluyen en la expresión
de esta dinámica que tuvo particular relevancia en algunos países del Cono Sur.
Por un lado nos remite a los cambios de gobierno ocurridos en el período; por el
otro, a su coincidencia con el ciclo de recuperación económica que permitió
morigerar las tensiones sociales agudizadas por la crisis. Esta relegitimación del
Estado se tradujo en la recuperación del control del espacio público restringiendo
de esta manera la capacidad de acción y protesta de los movimientos sociales
en un devenir que abarcó tanto procesos de integración política de fracciones
o sectores de las clases subalternas o de cooptación dirigencial como de reforzamiento
represivo (Seoane, 2008). Bautizados como neo-desarrollistas, o en algunos
casos social-liberales, estos regímenes se han caracterizado por recuperar
cierto nivel de intervención estatal sobre la economía y ciertos instrumentos de
políticas sociales que habían sido desmantelados por el neoliberalismo mas sin
que ello supusiera una modificación sustantiva de la matriz distributiva característica
de dicho modelo. Estas tendencias contribuyeron a un proceso visible de
burocratización y de repliegues corporativistas de algunos movimientos sociales
(en este sentido pueden referirse las evoluciones de algunas corrientes sindicales
mayoritarias en Brasil y de organizaciones territoriales y sindicales en
Argentina) que debilitaron la construcción de alternativas antisistémicas así
como condicionaron las experiencias de articulación regional.
Por contraposición, los procesos de cambios sociopolíticos en curso en la
tríada andina conformada por Venezuela, Bolivia y Ecuador refieren a experiencias
y tentativas más profundas de transformación social. En estos casos, tanto los
cambios de la matriz gubernamental-estatal en el marco de reformas constituyentes
y el sustantivo incremento de la gestión público-estatal via la nacionalización
de la explotación hidrocarburífera y de otros sectores económicos claves; así
como la promoción de políticas sociales protectivas orientadas en un sentido universal
supusieron significativos avances en el terreno democrático y de la distribución
de los ingresos. En estas experiencias el cuestionamiento a la matriz liberal-
colonial del Estado-nación ha sido alimentado por la fuerza adquirida por los
movimientos indígenas. Así, por ejemplo, en las recientes experiencias de reformas
constitucionales en Bolivia y Ecuador. Ello se tradujo en un reconocimiento
explícito de las reivindicaciones de los pueblos originarios respecto al carácter
plurinacional del Estado. La acción de las organizaciones indígenas sirvió también
a difundir las ideas y las prácticas del “buen vivir” o sumak kausai como
alternativas civilizatorias decolonizadoras al modelo de desarrollo capitalista.
Todo ello, y su protagonismo en la resistencia a los procesos de naturaleza extrac-
VIENTO SUR Número 107/Diciembre 2009 71
tiva que promueven la “valorización capitalista” de territorios y comunidades, ha
potenciado la participación e influencia de los movimientos indígenas en las articulaciones
regionales. La realización de las sucesivas Cumbres Continentales de
Pueblos y Nacionalidades Indígenas de Abya Yala (cuya cuarta edición se realizó
en Puno, Perú en 2009) y la creación en 2006 de la Coordinadora Andina de
Organizaciones Indígenas (CAOI) y la amplia participación de movimientos originarios
en el Asamblea de los Pueblos Indígenas que tuvo lugar en el Foro Social
Mundial en Belem, Brasil en 2009 son algunas de las expresiones más recientes
de estos procesos de resistencia.
Un balance de las múltiples y complejas experiencias de articulación y convergencias
regionales contra el neoliberalismo y los proyectos hegemónicos, permite
identificar algunas cuestiones que marcaron con particular intensidad la
experiencia latinoamericana y se proyectaron como contribuciones a la experiencia
del movimiento antimundialización. La intensa capacidad de recreación
y reinvención de prácticas democráticas aparece como una característica distintiva,
que cobró cuerpo en la generalización de la matriz asamblearia. En este
sentido también, la consulta popular fue una herramienta largamente usada por
las organizaciones en diferentes países; desde las campañas nacionales contra
el ALCA en Argentina, Brasil y Paraguay hasta por las comunidades rurales en
Centroamérica o el área andina contra la explotación y apropiación privada de
los bienes comunes de la naturaleza.
Un segundo elemento característico de estas experiencias ha sido la capacidad
de combinar una composición sociopolítica e identitaria muy heterogénea con
una gran eficacia política en los procesos de resistencia y construcción de alternativas.
Esta marca distintiva es un indicador de la capacidad de dar respuesta
en el terreno de la acción política a los desafíos planteados por la complejidad y
al carácter multidimensional que asumen los procesos de dominación, opresión
y explotación en el capitalismo contemporáneo. La heterogeneidad característica
del movimiento ha sido crecientemente valorada como un elemento que
potencia y enriquece las experiencias de resistencia. Esto permitió a su vez una
más justa apreciación por parte de movimientos y organizaciones de origen
urbano del potencial antisistémico y emancipatorio que despliegan las organizaciones
indígenas y campesinas en su lucha por la plurinacionalidad, por la soberanía
alimentaria, por el buen vivir y contra la mercantilización de la vida.
Un tercer rasgo distintivo es la capacidad de los movimientos latinoamericanos
de desplegar una práctica política que, en un complejo proceso ciertamente
no desprovisto de riesgos, supo combinar lógicas de apoyo, cuestionamiento y
negociación con algunos gobiernos que se proyectan en un horizonte de democratización
y transformación radical de los Estados. Estas experiencias asumen
una significación particular en los procesos de integración tal como lo demuestra
la experiencia del ALBA.
72 VIENTO SUR Número 107/Diciembre 2009
Los nuevos desafíos emancipatorios frente a la crisis. La reflexión
sobre la actualidad regional exige incorporar al análisis la importancia
decisiva que reviste la crisis económica emergida del quiebre de la burbuja
especulativa inmobiliaria estadounidense a fines de 2007 y sus repercusiones
en América Latina. La evolución, el ritmo, profundidad y extensión que adopte
esta crisis habrá de signar de manera profunda el marco regional. La tendencia
sistémica a trasladar el costo de la misma a la periferia amenaza con profundizar
las tendencias que hemos referido anteriormente intensificando los
procesos de recolonización política, social y económica de las sociedades latinoamericanas
y caribeñas. Distintos hechos expresan en el transcurso del último
año el incremento de acciones promovidas por los sectores dominantes
locales y regionales en articulación con los poderes globales que tienden a
reforzar las respuestas sistémicas y conservadoras ante la crisis. Entre ellos se
destacan la intensificación de los procesos de criminalización de las protestas y
de las políticas de desestabilización de los procesos de cambio en curso –que
se expresaron por ejemplo en el golpe cívico-prefectural en Bolivia de 2008 y
en los reiterados intentos en Venezuela–, el acuerdo entre Colombia y Estados
Unidos para la instalación de siete nuevas bases militares en ese país así como
el reciente anuncio de similar acuerdo con Panamá y el reforzamiento presupuestario
de los proyectos de intervención estadounidense en la región. La promoción
o tolerancia del nuevo gobierno estadounidense en relación con estos
hechos recientes pone de manifiesto los límites de las promesas formuladas por
el presidente Barack Obama en la Cumbre de las Américas en Trinidad y
Tobago respecto a una nueva política regional del país hegemónico basada en
la promoción de un “diálogo constructivo” con los gobiernos latinoamericanos.
De esta serie, sin duda, el hecho de mayor significación regional y repercusión
internacional fue el golpe de estado perpetrado el 28 de junio último en
Honduras contra el gobierno constitucional de Manuel Zelaya. Esta acción golpista,
que desde sus inicios contó con poderosos promotores y aliados estadounidenses,
constituye un clivaje en la evolución de la situación política regional
y pone de manifiesto el peligro de un recrudecimiento de las tendencias antidemocráticas
y militaristas en Centroamérica y la región en su conjunto.
Frente a la incierta evolución de la situación en Honduras los movimientos
sociales continentales han incorporado la denuncia del golpe de Estado a las
consignas previstas para la realización de la primer día de acción internacional
en “Defensa de la Madre Tierra de la contra la contaminación, la mercantilización
de la vida y los bienes naturales, la militarización y la criminalización
social” entre el 12 y el 16 de octubre. Dicha convocatoria, promovida por la
Asamblea de Movimientos Sociales del FSM (2009, Belém, Brasil) y ratificada
por la IV Cumbre de los Pueblos y Nacionalidades Indígenas del Abya Yala,
constituirá la acción global más importante del año en torno a la lucha contra
el capitalismo colonial/moderno, contra la contaminación y depredación pro-
VIENTO SUR Número 107/Diciembre 2009 73
movidas por la multinacionales, contra la militarización y criminalización
social y en defensa de la soberanía alimentaria y de los derechos humanos,
colectivos y de la Madre Tierra.
En un contexto internacional donde los efectos de la crisis exacerban los procesos
de polarización social, estas acciones regionales parecen señalar la capacidad
del movimiento altermundialista de revitalizar y resignificar sus acciones
y programáticas de cara a las tentativas de relegitimar el orden social de mercado
y enfatizan el desafío de profundizar las experiencias emancipatorias de
nuestros pueblos que, como postulara Frantz Fanon, resisten cotidianamente su
pretendido destino de “condenados de la tierra”.
Bibliografía:
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calentamiento global?. Disponible en http://www.tni.org/ (25/09/2009).
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Aires: CLACSO.
• Quijano, A. (2000) “Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina”. En E. Lander (comp.) La
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Aires: UNESCO-CLACSO, 2003, 3ª edición.
• Seoane, J. (2008) “Los movimientos sociales y el debate sobre el Estado y la democracia en América
Latina”. En O. Moreno (comp.) Pensamiento contemporáneo. Principales debates políticos del Siglo
XX. Buenos Aires: Teseo.
• Seoane, J., Taddei, E. y Algranati, C. (2006) “Las nuevas configuraciones de los movimientos populares
en América Latina”. En A. Boron y G. Lechini (comps.) Política y movimientos sociales en un mundo
hegemónico. Lecciones desde África, Asia y América Latina. Buenos Aires: CLACSO.
74 VIENTO SUR Número 107/Diciembre 2009
José Seoane es sociólogo, profesor e investigador de la Universidad Nacional de Buenos Aires
(UBA, Argentina) y miembro del Grupo de Estudios sobre América Latina (GEAL).
Emilio Taddei es politólogo, profesor e investigador de la Universidad Nacional de Lanús
(UNLa, Argentina) y miembro del Grupo de Estudios sobre América Latina (GEAL).

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